Con la pieza Pejerreina, Bustos inventa un arquetipo de bestia local, una señora dama pescado de río. En las antípodas de las sirenas, feminidades hiperidealizadas de las leyendas europeas, esta cuasi mujer exhibe sin pudores su sexo, su panza peluda, el rictus de una boca que no parece evocar cantos hipnóticos. Las luces y sombras de la vegetación que crece junto al arroyo la pintan de verde en su intermitencia. Los sonidos de la costa suavizan a medias su costado más pesadillesco.